Feb 1, 2012

LA PARTIDA

—Pues si quieres yo te llevo.

Asentí y, recuerdo, no cruzamos ninguna palabra en el trayecto. Ella, en cambio, le contestó al joven de un crucero «sólo tengo este cigarro», él lo tomó y ella volvió a buscar alguna moneda en el cenicero; le aclaró que a la vuelta sí le daría algo y al cambiar el semáforo a verde ambos se despidieron. Yo me quedé palpando los pesos que llevaba en el bolsillo.

Recién había sido mi formal petición. No fue una cita en realidad, ella supo de mi visita tan sólo un par de días antes cuando por teléfono le pregunté si podía ir a verla. Ya en su casa, y afortunadamente solos, le entregué primero el retrato (de ella a lápiz por un dibujante profesional) y después la carta. Una carta llena de lugares comunes y salpicada de frases copiadas. Un amasijo donde pretendía confesar y dar declaración definitiva de mi amor por ella. Nunca supe si lloró por la carta o por la pena de tener ahí en su sala al autor desamparado preguntándole, por escrito pero sin expresarlo letra por letra, si quería ser su novia.

Alejado del aliento y complicidad maternos, en cuanto escuché el «es que no, gracias» al que quise tener de vuelta de inmediato fue a mi padre con su Volkswagen en la puerta. ¿Qué seguía? No tenía ni idea, a pesar de todo un historial de capoteos, acudí a su casa sin ningún plan B… o A. En realidad no tenía planeado más que entregar lo previsto y del resto, supuse, ella se encargaría.

Mi pueblo, como sigo llamando a mi colonia, está con el tráfico de siempre a casi una hora de la casa de ella. La distancia en realidad está en la distribución de las calles: en el pueblo siguen las manzanas y con ella hay secciones con privadas. En la suya, por cierto, la casa estaba al final, así, por donde llegué en el auto con mis padres, tuve que regresar con ella al volante.

Me ofreció el aventón más bien porque ella iba de salida y con la misma dirección (al sur). Digo que iba de salida porque desde un principio noté —o quizá ella misma me lo dijo— que aquellos minutos eran básicamente para hacer tiempo en lo que salía a una, esa sí, cita. Como fuere, acepté sobre todo por no saber decir «es que no, gracias», por no aceptar acaso mi propia negativa como respuesta: ya bastante tenía con la de ella.

No le dije, a propósito, que ese día era la fiesta de cumpleaños de mi madre, que sólo porque ella, mi madre, sabía del porqué de mi visita («sólo una madre conoce tan bien a sus hijos»), es que yo estaba ahí con la venia de ausentarme unas horas en tan especial fecha. No expliqué tampoco, ilusamente, que quería hacer de ese día uno muy especial y celebrado. En verdad, haciendo cuentas, no dije nada de nada, me limité a entregar un dibujo enmarcado y una carta, y a esperar lo que ella hiciera o dejara de hacer.

En mi casa, si mal no recuerdo, el día anterior preparé una nota para pegar en la parte trasera del retrato. Decía así: «Esto no lo hice yo/ pero fue motivado/ por mis sentimientos». Cuando ella lo leyó dejó salir un abrazo que apenas y pude corresponder —claro, yo no estaba preparado—. La carta la escribí quizá una semana antes, no estoy seguro, pero lo cierto es que en esa casa llegó a ser mi objeto más preciado durante días… Incluso más que el retrato, un dibujo muy bien hecho, financiado con la ayuda de mi madre, que el artista consiguió gracias a un par de fotografías escolares que pude darle (las cuales, como era de esperarse, no eran en sí fotos de ella o con ella, sino las de nuestro salón en el fin de cursos).

Ya en el coche fijé la mirada, primero, en el camino de regreso y, después, en la cajetilla de cigarros de donde ella sacó uno para el muchacho del crucero. Ella sabía muy bien el camino porque eran los rumbos de nuestro colegio y, principalmente, porque en el pueblo vivía uno de sus mejores amigos (¿el de su cita?). Una vez ahí en las calles empedradas, a una cuadra de mi casa, le indiqué me dejara en la calle paralela a la mía ya que, dije señalando, «suelo entrar por atrás, por la casa de mi tío».

Después de mi «adiós, gracias», desvié enseguida la mirada y evité la extrañeza de la suya; me apresuré a abrir el portón y oí el sonido del motor arrancar. Mientras cruzaba el zaguán pensé en la primer nota —en su momento la nombré poema— que extraordinariamente pude darle sin reparos y cómo a partir de ahí conseguí un poco de atención. Volví al logro de la única tarde que estuvo en la casa para hacer un trabajo (que terminé redactando solo pues ella tenía una reunión con amigos) y repetí aquella frase con la que se ganó toda la simpatía de mi madre: «¡pero qué bueno está su arroz, señora!». Me distrajo el sonido de la inconfundible carcajada de la abuela.

Antes de asegurar el postigo que daba al jardín, acaricié como de costumbre al perro de mis primos y lo aparté para que no se metiera a la casa. Aún no oscurecía y pude ver a mi hermana asomarse por la ventana y avisar de mi llegada. Pateé una pelota y escuché apagar la música: ya era la partida del pastel, creo que era de limón.

~Mael Aglaia

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